LA UNIDAD CRISTIANA

MÉTODO BÍBLICO DE RESTAURACIÓN

 

 

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Por José M. Di Pardo

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ÍNDICE

PROLOGO

CUESTIONARIO A TRATAR

LA IGLESIA

a) Conceptuando a la Iglesia toda, en su integridad

b) Conceptuando a la Iglesia en su expresión local

LAS DIVISIONES DENOMINACIONALES

PRECEDENTE ANTIBÍBLICO

QUE SON LAS DENOMINACIONES

DISCREPANCIAS DENOMINACIONALES

EL ESPÍRITU DENOMINACIONALISTA

RAZONES QUE ABOGAN POR LAS DENOMINACIONES          

¿QUIMERA O REALIDAD?

VISIÓN FUTURA ¿Cómo guiarnos hacia el porvenir?

DOCTRINA E HISTORIA. Doctrina Bíblica; Conducta

¿REVISIONISMO O "FIDELIDAD A LAS TRADICIONES HISTÓRICAS"?

REVISIONISMO DOCTRINAL

ANTIOQUíA Y JERUSALEM. Actos 15:1-31

El Método Bíblico

LA FORMULA DE LA UNIDAD (A. V. A.)

CONCLUSION (Sugerencias Prácticas)  

 

 

LA IGLESIA DE CRISTO, LA UNA Y SANTA, como Organismo visible, se halla dividida desde hace siglos en una multiplicidad de Iglesias o Denominaciones, como la Bautista, Luterana, Calvinista, Presbiteriana, Metodista, Reformada, etc., las cuales mantienen sus peculiaridades respectivas.

La Unidad del Cuerpo ha sido cortada en pedazos y puesta bajo la tutela de diferentes "Jefes", como si el todo no fuera de una sola Cabeza.

A la severa amonestación del Apóstol Pablo: "¿Está dividido Cristo?" (1Co.1:13), todas contestan al unísono: ¡NO! pero con los hechos dicen ¡SI! (Es el Sí del No, diría cierta dialéctica).

Ninguna pretende ser la poseedora exclusiva de la Verdad, pero cada cual se precia de ser la Iglesia auténticamente Evangélica.

Todas confiesan enfáticamente la Doctrina Bíblica de la Unidad, pero se encierran en su sectarismo y conservan celosamente sus inter-discrepancias en doctrinas y prácticas.

Cada uno de sus ministros, desde la cátedra o el púlpito, denominacionaliza a sus alumnos o a las almas que conduce a Cristo, a la imagen de la Iglesia o Denominación a que pertenece; y por ende, la enseñanza es disímil en asuntos normativos de la fe. La docencia Evangélica, que debe ser instrumento para la Unidad, paradójicamente resulta ser el vehículo para perpetuar las discrepancias.

Finalmente, los Evangélicos que integran esas Iglesias, sinceros aún en el error, pero ignorando en su mayoría el por qué del seccionamiento de que son objeto, quedan confundidos si acaso se les demanda por esa anormalidad.

 

CUESTIONARIO A TRATAR.

¿Cuál es, pues, la verdadera Iglesia; por qué esas amargas y pecaminosas divisiones y por qué no la Iglesia unida sin aislamientos de ninguna naturaleza?  

 

LA IGLESIA.

En el Nuevo Testamento, la Iglesia es no-denominacional y, por ello, toda división denominacionalista es huérfana en absoluto de base Bíblica.

El término "EKKLESIA" aparece en dos significaciones:

a) Conceptuando a la Iglesia toda, en su integridad:               

0."… edificaré mi Iglesia" (Mt. 16 :18)              

1."…y diólo por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia" (Ef. 1:22)             

2."... la Iglesia del Dios Vivo..." (1 Tim. 3:15).  

b) Conceptuando a la Iglesia en su expresión local:                           

"A la Iglesia de Dios que está en Corinto" (1 Co. 1:2)                          

"Aquila y Priscila, con la Iglesia que está en su casa" (1 Co. 16:19).                          

"…y a la Iglesia que está en tu casa" (Flm. v. 2).

En algunos casos el término aparece en plural agrupando a varias Iglesias de una región determinada: "Las Iglesias de Galacia" (Ga. 1 :2); "las Iglesias de Asia" (1 Co. 16:19); "las siete Iglesias que están en Asia" (Ap. 1 :11). Pero esa pluralidad, simplemente enunciativa de la situación geográfica, en nada atenta contra la individualidad de la Iglesia local en ningún negocio que le concierne. Tal el caso de "las siete Iglesias que están en Asia", destinatarias de las cartas del Señor, que el texto identifica de inmediato como la de Efeso, Smirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.

En el Nuevo Testamento, las Iglesias son consideradas siempre como unidades autónomas, independientes las unas de las otras, cada cual con su gobierno propio rigiendo su destino y absolutamente soberana en sus decisiones. El vínculo que existe entre ellas, además de la Unidad Sustancial del Espíritu Santo en los renacidos que las integran, es la comunión fraterna y la profesión de las mismas doctrinas y prácticas Bíblicas.  

 

LAS DIVISIONES DENOMINACIONALES.

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Su origen; la Reforma; ramas del Cristianismo Reformado; la "tradición independiente", etcétera.

No cabe a nuestro objetivo trazar la génesis de las Denominaciones, ni sus causas determinantes y desarrollos históricos a través de los siglos, pues sólo deseamos ubicarlas en nuestros días y considerar sus resultados trascendentes. Tarea vana sería conceptuar el pasado sin referirlo al presente, y éste no se revela en su complejidad, sino a quienes movidos por sentimientos o aspiraciones legítimas, desean un futuro distinto. ¿ Qué habríamos de preguntar al pasado sin nuestros anhelos para el porvenir?

Pero haremos, al menos, una breve referencia en cuanto al origen de las divisiones para introducirnos mejor en el tema e ir advirtiendo, desde ese punto inicial, cuál es el principio que genera y sustenta toda división entre fieles.

La reforma del siglo XVI, precedida de movimientos prerreformistas, al no retrotraerse a la pureza de doctrinas y costumbres de las Iglesias primitivas e introduciendo en su seno mucho de las perversiones de la Iglesia del medievo, marca el principio de las fracciones del Protestantismo. Los reformadores no tuvieron la menor idea de separarse de la Iglesia a la cual pertenecían, ni menos la de fundar Iglesias nuevas; antes bien, "el protestantismo quería reformar la Iglesia toda y sólo la necesidad lo llevó a instituir Iglesias propias" (Ernst Troeltsh).

Pero aún sin subestimar las alteraciones que supone un movimiento de proyecciones tan profundas como el estallido de la Reforma, ni las circunstancias históricas y políticas de los lugares en que su llama prendió, ni la acción de beneméritos siervos de Dios: fuerza es reconocer que "las Iglesias propias" que se constituyeron, fueron institucionalizadas con nombres propios y con las orientaciones propias de sus iniciadores. Ellos, si bien concordaron en las doctrinas que constituyen el corazón mismo de la Reforma para que ésta triunfara; en cambio, discreparon en muchas otras, hubo bastante intolerancia y cada cual fundó su propia escuela de pensamiento que sus continuadores perpetúan hasta nuestros días.

No se trata de abrir juicio a la Reforma ni de juzgar concepciones doctrinarias de los reformadores. Entendemos que en circunstancias excepcionales, en medio de convulsiones sin cuento, no sólo la luz de la Palabra de que uno pueda hacer gala puede normar su actitud, sino que, en alguna medida, la línea de batalla dispone el método teológico y la estrategia a adoptar. Pero necesitamos referirnos a esos sucesos para establecer la trascendencia histórico-Bíblica en el tema de las divisiones que nos ocupa y concluimos que, discrepancias doctrinales engendran divisiones y un desvío llama a otro para prevalecer.

Así surgieron en los siglos XVI y XVII, en Alemania, Suiza e Inglaterra, las tres ramas principales del Cristianismo Reformado: la Luterana, la Calvinista y la Anglicana. Contemporánea con esas tres, se ubica una cuarta corriente designada como "la tradición independiente" que no reconocía la ascendencia de ningún reformador. Se componía en su mayor número de Anabaptistas (rebautizadores) quienes también tenían más influencia; por Husitas y Valdenses. Estos, si bien se mostraban agradecidos para con los reformadores, exigían reformas más completas y radicales. Creían que la Iglesia debía ser constituida por creyentes regenerados, que cada Iglesia local debía ser una unidad autónoma con gobierno eclesiástico democrático. Negaban los pretendidos derechos de la "Iglesia oficial"; sostenían la separación de la Iglesia y el Estado y reclamaban la libertad de conciencia y la tolerancia religiosa para todos: principios conculcados por las ramas Reformadas. "El Catolicismo Romano había corrompido el depósito original de la fe Cristiana con su institucionalismo, su ritualismo, su escolasticismo y su sacramentalismo. Estos factores de corrupción estaban reapareciendo, según ellos creían, en las Iglesias oficiales." (J. Minton Batten.)

Se desató entonces una ola de persecución feroz contra los Anabaptistas, tanto de parte de los Católicos como de los Protestantes, y algunos grupos llegaron a tal extremo de fanatismo y violencia que arrojaron una sombra sobre todo el movimiento.

Cerramos este breve apunte en cuanto al origen de las discrepancias doctrinarias y de las divisiones en la Iglesia, viendo sus primeros frutos, de huellas tan profundas, cuyas consecuencias subsisten hasta el día de hoy, no sólo entre las Denominaciones surgidas de la Reforma y en las separadas de ellas, sino aún en aquellas que no reconocen su ascendencia histórica pero que fueron alcanzadas por sus impulsos.

De ahí en más y a través de los siglos, dentro del campo universalmente llamado Protestante, se multiplicaron en tal forma las divisiones y proliferaron en tal cantidad las Denominaciones, sectas y fracciones, que sería harto difícil seguir el hilo conductor  

 

PRECEDENTE ANTIBÍBLICO

Tendencias en pugna se separan y nominan con rótulos distintivos.

En las Iglesias, ante cualquier desacuerdo, en lugar de seguirse el índice Bíblico de buscar la conciliación en amor fraternal eliminando el error, según Hechos cap. 15; se estableció el precedente antibíblico de que las tendencias en pugna se separaran y nominaran con rótulos distintivos, permitiendo así la coexistencia del error. Tal precedente no ha sido renovado y rige todavía por la sola fuerza del tiempo como algo lógico y normal de su existir.  

 

QUE SON LAS DENOMINACIONES

Hoy, después de una experiencia varias veces centenaria, no sólo como una simple deducción impuesta al raciocinio por la regularidad que nos ofrece este fenómeno, sino también como una inducción directa de los hechos transcurridos, formulamos así nuestro juicio más elemental, histórico y Bíblicamente considerado:  

a) Históricamente, una Denominación es un cuerpo organizacional que comprende a varias Iglesias de diversas áreas geográficas, nacionales o del exterior, con una nominación distintiva (Metodista, Presbiteriana, etc.), con un cuerpo de doctrinas y prácticas que le es peculiar y algunas con gobiernos centralizados.

b) Bíblicamente, una Denominación no puede conceptuar ni a la Iglesia integral ni a la Iglesia local. Por lo tanto, reverenciando la dignidad de las Iglesias que la integran, debemos expresar que para encuadrarlas en prescripciones Bíblicas, es imprescindible hacer abstracción absoluta de ese cuerpo organizacional que las agrupa y denominacionaliza, de carácter netamente humano, y considerar a cada una como Iglesia local.

c) Dentro de la Iglesia de Cristo, cada denominación constituye la concreción histórica e institucionalizada, de la gesta de su fundador y la de su escuela de pensamiento teológico.

d) Ambos elementos, que son carnales -- pues el uno (su gesta) tiende a la exaltación del hombre usurpando los honores a Cristo; y el otro (su escuela discrepante) que crea confusión conceptual--, hacen violencia al UN SEÑOR y a la UNA FE de la Palabra y constituyen el principio de perversión que divide a la Iglesia.

"Porque diciendo el uno: Yo cierto soy de Pablo; y el otro: Yo de Apolos: ¿No sois carnales?" (1 Co. 3:4).

"Cristo sólo debe regir y reinar en la Iglesia y tener en ella toda preeminencia, y este gobierno debe ejercerse y administrarse por su Palabra. Como Él no mora entre nosotros con una presencia visible, ni nos hace una declaración de su voluntad de viva voz…usa para ese propósito el ministerio de hombres que emplea como sus delegados, no para traspasar a ellos sus derechos y honores, sino tan sólo para que Él mismo pueda hacer su obra por los labios de ellos." (Calvino, Institución de la Religión Cristiana).   

 

DISCREPANCIAS DENOMINACIONALES

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La Cristiandad Evangélica se presenta ante el mundo en un contexto de Denominaciones con doctrinas y prácticas en discrepancia:

a) Sus cuerpos organizacionales (dentro del Cuerpo de Cristo) son de concepciones disímiles.

b) Sus cuerpos de doctrina no armonizan entre sí. (Por ej.: en áreas de doctrina referentes a predestinación, santificación, dispensaciones, tiempos y modos de eventos escatológicos, ordenanzas, forma de gobierno, ministerio de la mujer en la Iglesia, etc.). No deseamos significar que existe una situación caótica, pero es innegable que, aunque todas invocan la autoridad de las Escrituras para probar su posición, no se está en todo en la línea precisa de interpretación.

c) La solicitud de guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4:3), dicen cumplirla en los lazos de relaciones y colaboración inter-Denominacionales.

Pero nadie ignora que esa paz cesa cuando sale a relucir alguna de las diferencias clásicas, como el bautismo, por ejemplo, si debe ser por inmersión o aspersión, si debe administrarse a creyentes o también a párvulos. Para evitar esas fricciones que resquebrajarían las relaciones fraternas, deben respetarse recíprocamente las discrepancias que así, por tácito acuerdo --el acuerdo del desacuerdo-- y por insolubles, quedan intocables.

No es suficiente mantener relaciones inter-Denominacionales. La Unidad entraña y reclama una comunidad espiritual sin restricciones de ninguna especie, lo cual tiene sentido sobre la base de una unión en toda la Fe, que sólo ha de obtenerse mediante una franca confrontación de las doctrinas y prácticas en discrepancias.

Las Denominaciones sólo pueden existir a condición de que existan las desarmonías: -¿Por qué entonces tener cautiva a la Unidad en los límites confesionales? ¿Por qué andar con la muleta vergonzosa del desacuerdo cuando el Señor puede curar toda parálisis espiritual?

¿Qué sentido debemos dar a su expresión: "Para que todos sean una cosa... para que el mundo crea que tú me enviaste." (Jn. 17:21)? ¿ No significa eso, además de la Unidad Sustancial en Cristo, la manifestación objetiva y eficiente de esa Unidad, que será tanto más impresiva y real para que el mundo crea cuanto menos desarmonías y contradicciones presente?

 

EL ESPÍRITU DENOMINACIONALISTA

Se manifestó como contienda en la Iglesia de Corinto y revive en los denominacionalistas. Colocados en la alta cátedra de evocación histórica-doctrinaria del Nuevo Testamento, que puntualiza todos los desvíos de las Iglesias primitivas, los cuales, con su posterior desarrollo llegaron hasta nuestros días, hallamos que el "espíritu sectario o de partido" se manifestó como contienda en la Iglesia de Corinto. "Yo cierto soy de Pablo, pues yo de Apolos; y yo de Cefas, y yo de Cristo" (1ª Co. 1 :12). Cada uno, individualmente, evidenciaba ese espíritu al amparo de maestros favoritos, gloriándose así en los hombres. El Apóstol Pablo rehusa ser adulado y condena severamente esa actitud que en su raíz quita honores a Cristo.   Ese espíritu sectario revive en los denominacionalistas: "Yo soy Valdense", "yo Luterano", "yo Calvinista", "yo Presbiteriano", "yo Metodista", "yo Bautista", etc., lo cual constituye, aún involuntariamente, una referencia directa a sus fundadores respectivos: Valdo, Lutero, Calvino, Knox, Wesley y, entre otras cosas, al modo inmersionista de bautizar; todo ello en desmedro de la Unidad del Cuerpo de Cristo y adicionando otros nombres distintivos a Su Nombre Divino.

Es en ese núcleo afectivo, en esa capa finísima de la sensibilidad, donde se engendran los sentimientos y el espíritu denominacionalista que son como el yo profundo que subyace, que está incorporado a la propia personalidad Cristiana y que hace que no sólo su enseñanza, sino aún su estilo y su lenguaje estén denominacionalizados. Aceptamos la buena fe de quienes así sienten y piensan pues así fueron enseñados, pero no podemos contemporizar con el error como si fuera moneda sana. Si nos acercáramos a nuestros hermanos denominacionalistas para justificarlos en esos sentimientos y no para estimular en ellos lo que, en común, poseemos de más noble, que es la nueva criatura que clama por la Unidad fraterna en todas las esferas, no habríamos contribuido a resolver el grave problema en la medida en que él depende de la condición humana de los individuos. Por eso deseamos rescatarlos para la Unidad, por obra del conocimiento y del amor fraterno. Todos ellos deben ser recorridos por un mismo espíritu de pedagogía Bíblica. Desde que el error se generó en la mente, es necesario trabajar para que en la mente sea esclarecida la Verdad.

 

RAZONES QUE ABOGAN POR LAS DENOMINACIONES.

Entendemos que nadie, a la luz de las Escrituras, puede sentirse espiritualmente satisfecho con una Cristiandad Evangélica desunida. Sin embargo, el Denominacionalismo, con las múltiples divisiones que lo nutren, es un hecho histórico demasiado importante para imaginar que no hubiera confundido a muchas mentes lúcidas.

Es necesario descender las fases del complejo proceso para que el mal sea penetrado, pues sólo así dejará de ser una carga, por lo menos una carga sin redención. En el grado en que se profundice el conocimiento, se cambiará el concepto sobre él: -¿ Por qué surgió la Denominación o división a la cual pertenezco? ¿ Cuáles fueron sus propósitos? ¿ Cuál es su base doctrinal y cuál su relación al Cuerpo de Cristo? Dilemas todos que hacen a la esencia del asunto.

Pero, como tal análisis es muy personal y subjetivo, queda a la consideración de cada uno el rogar con humildad la dirección y luz del Señor. No obstante, procuraremos dar algunas respuestas, de carácter general, a ciertas razones habituales que las abogan.  

 

a) Que las Denominaciones son parte de la "voluntad permisiva" de Dios en la Historia de la Iglesia.

Algunos "teologizantes", con cobertura seudo-Bíblica, afirman que si las Denominaciones fueron permitidas por Dios, entonces: ¿ Por qué combatirlas? Nos preguntan: -¿Cómo el Dios Inmutable las sancionaría si no preexistieran en sus planes y propósitos eternos?

Que Dios las ha permitido es obvio. Que si las ha permitido, luego consultan Su Voluntad y las aprueba, es el punto crucial que debe ser aclarado para evitar males y confusiones. Planteamos el problema con estos interrogantes: -Lo "permisivo" de Dios ¿incluye necesariamente "Su agrado"? ¿Cómo se conjugan en relación con Su Soberanía y Voluntad los siguientes puntos?:

 

1. La parte "permisiva" que es pasiva y deja hacer;

2. La parte "no permisiva" que es activa y no deja hacer;

3. La parte "ejecutiva" es activa y hace lo que El quiere hacer.

Nuestra respuesta, suscintamente expresada, es:

1. En la parte "permisiva" Dios respeta el libre albedrío de sus hijos y criaturas y deja hacer, aunque le desagrade y contaríe lo que ellos hagan (Gn. 3:11; Is. 1:19,20; comparar Jn. 7:17). Así ocurre con Satanás. Dios le permite su acción rebelde y opositora de maldad, como criatura libre; pero ciertamente no se agrada en ella. Por eso envió a Su Hijo "para deshacer las obras del diablo" (1 Jn. 3:8) y en eso SI se manifiesta Su agrado (Mt. 3:17).

2. En la parte "no permisiva", Dios pone límites a esa permisión (Job 1:12; 2:6; Am. 7:8,9).

3. En la parte "ejecutiva", Dios pone en acción Su Voluntad perfecta y agradable

(Ro. 9:11 a 23; comparar Job 9:2 a 15; Is. 45:9).

Es obvio que la multiplicidad de las Denominaciones, en desmedro de la Unidad del Cuerpo, y la propia confesión de sus abogados, los ubica en lo que Dios debe permitir al propio albedrío rebelde de los desobedientes.

La respuesta que cabe, entonces, al engañoso argumento de "lo permisivo" de Dios -si con ello debe entenderse su beneplácito-, es acaso la misma que el Señor enrostró a quienes procuraban tentarle inquiriendo el porqué Moisés permitió otorgar carta de divorcio y repudiar a la mujer. Su expresión fulmínea fue: "Por la dureza de vuestro corazón... mas al principio no fue así" (Mt. 19:8). Es fácil advertir la analogía entre ese hecho y el nuestro, pues en ambos casos, una actitud humana rebelde (permitida, aunque con desagrado), hace desviar el propósito original.

En efecto, las Denominaciones son extrañas, en absoluto, a la sencilla organización dada por el Espíritu Santo a las Iglesias (en su expresión local) ; conforme se registra en el Nuevo Testamento, se practicaba "al principio" en las Iglesias del Siglo 1 y se practica hoy por quienes desean ajustarse a las prescripciones Bíblicas.

b) Que la necesidad de mantener un 'testimonio fiel, ha hecho y sigue haciendo necesaria, a su vez, separarse de las apostasías, modernismo y ecumenismo, y constituir nuevas organizaciones. El apartarse de las apostasías, en obediencia a la Palabra de Dios (2 Co. 6 :1-18) agrada al Señor. Pero constituirse luego en "Denominaciones" con espíritu sectario, sin procurar la Unidad doctrinal con los hermanos fieles, de conformidad con las Escrituras: esto no agrada al Señor. Y si el apartamiento surgió a causa de carnalidades entre fieles: eso tampoco puede agradarle.  

c) Que las Denominaciones trajeron bendiciones múltiples y en distintos aspectos, sea en su país de origen como en todos los lugares en que se expandieron.

No hemos de negar ningún mérito que se desee atribuir a las Denominaciones, excepto los resultantes de las apostasías en que han caído muchas de ellas. No ignoramos que un sinnúmero de misioneros y evangelistas denominacionales, transitaron y transitan el mundo proclamando el Evangelio a costa de privaciones y sacrificios mil, ofrendando aún sus propias vidas en muchos casos. Tampoco ignoramos que en circunstancias excepcionales, siervos escogidos del Señor - como Juan Wesley, por ejemplo,- escribieron páginas de gloria en los anales del Cristianismo y fueron protagonistas de grandes transformaciones religiosas y en otros órdenes de la vida, en sus propios países y en el mundo entero.

Pero es innegable que, en último análisis, aunque figure con otras nominaciones, toda la dignidad y la honra de ese esfuerzo, crecimiento, riqueza y prosperidad, CORRESPONDEN AL EVANGELIO, "potencia de Dios" (Ro. 1:16) y a sus virtudes esenciales, que no necesita de otros rótulos para su manifestación y expansión. Aún el galardón del Señor a sus adalides y a todos sus hijos, no les será adjudicado como "Metodista" o "Bautista" o "Reformado", etc., etc., sino como renacido, si edificó oro, plata y piedras preciosas sobre el fundamento (1 Co. 3:12).

Del recuerdo, reconocimiento y gratitud que debemos a nuestros pastores (He. 13:7) y del mandamiento de imitarlos (1 Co. 11:1; He. 6:12) a una institucionalización de su obra con nombres, doctrinas y prácticas no Bíblicos que rompan la Unidad de la Iglesia, media un abismo que jamás razón alguna podrá salvar.



d) Que si las Denominaciones tienen su lugar en la Historia de la Iglesia, ellas constituyen eslabones que no pueden desaparecer, pues la cadena se quebraría, desapareciendo cuanto ellas comprenden y contienen.


Para quienes así piensan, los procesos históricos serían una cadena ininterrumpida de causas y efectos de la que no puede desaparecer ningún anillo, pues todos -dicen-- son absolutamente necesarios. De allí que las Denominaciones no deben desaparecer de la cadena de hechos históricos porque ésta se quebraría.



Los tales parten del tremendo error del causalismo y determinismo histórico. Pero la Historia no se compone de una cadena ininterrumpida de hechos inevitables, creada por el determinismo. La Historia es una secuela de actos creadores, de variado valor y eficacia, que han de ser sometidos a la prueba de fuego final 1 Co. 3: 11.

 

¿QUIMERA O REALIDAD?

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En los anhelos para eliminar las discrepancias en doctrinas y prácticas para que se consume la Unidad fraterna: ¿vamos detrás de una quimera o de una meta Bíblica cabalmente definida?

Es de vital importancia precisar bien esto pues de su conclusión puede depender la resolución que adoptemos. Afirmamos enfáticamente que vamos tras un propósito santo, perfectamente alcanzable. ¿ Cómo podrían afirmar otra cosa quienes poseen al Señor de la Verdad (Jn. 14: 6), al Espíritu de Verdad que guía a toda verdad (Jn. 16: 13) y a la Palabra de Verdad (Jn. 17: 17), para poner término a todas sus controversias?

Si "la Escritura no puede ser quebrantada" (Jn. 10: 35) y si ella encierra algún sentido real para nosotros: ¿ Por qué colocar en el plano de la utopía la Unidad que el Señor demanda? ¿ Cómo es posible aceptar la Palabra y a la vez negarla en los hechos? No advertimos en la instancia de su amor el reproche que nos redarguye al expresar: "¿Qué más se había de hacer a mi viña que yo no haya hecho en ella?" (Is. 5: 4).

No podemos quedar indiferentes o pasivos o aislarnos en un neutralismo que el egoísmo o la comodidad pudieran dictarnos, cuando median exigencias de carácter divino.  

VISION FUTURA ¿Cómo guiarnos hacia el porvenir?



Ante todo, es querer andar, querer dirigir los pasos en sentido positivo, partiendo de la siguiente afirmación principista: no es posible profesar doctrinas que los hechos niegan, o a las que se les impide tomar contacto con la realidad.

Los Evangélicos, denominacionalistas o no, en cuanto concierne a la Doctrina de la Unidad, no deben andar por un camino y la Doctrina por otro. La tarea será acercarlos hasta identificarlos --y ése es uno de los objetivos del Testimonio "Philadelphia" (Amor Fraternal)- para que la acción esté impregnada de la Verdad Bíblica y ésta recobre su movimiento y manifestación visibles.

Si hemos trazado notas históricas y formulado críticas doctrinarias, no ha sido sino pensando en el mañana, plenamente identificados con aquella afirmación que será también nuestra brújula en lo que resta de este trabajo y con la que anudaremos todo concepto o reflexión. Entramos, pues, a la parte constructiva de nuestro tema; es decir, a perfilar y resumir los factores y las vías conducentes a la recuperación plena de la Unidad fraterna, que no tienen nada de inextricables, ni de metafísicos u obscuros: "Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto." (Prov. 4:18).

 

DOCTRINA E HISTORIA. Doctrina Bíblica; Conducta.



La Doctrina Bíblica aporta su poderosa contribución a la inteligencia de la Historia, ejerce su juicio sobre ella y no permite que los hechos la perturben o mistifiquen. No puede quedar al arbitrio de nadie modificar los términos de fundamento doctrinal, pues esto comprometería su pureza. Alterar las normas que la rigen o las reglas prescriptas, es invalidarla en su corazón mismo.

La Conducta debe llevar en sus entrañas el presupuesto moral, el elemento subjetivo de la Doctrina que la abone y que debe aflorar espontáneamente en los hechos.  



¿REVISIONISMO O "FIDELIDAD A LAS TRADICIONES HISTÓRICAS"?

El revisionismo histórico, visto por algunos como una malhadada perturbación de su beatísimo quietismo, y anhelado por otros como factor conducente a una mayor pureza religiosa, no sólo es de necesidad inmediata para consumar la Unidad, sino que debe ser comprendido como condición normal en toda existencia.

La Verdad en la Historia, no puede ser evaluada sólo por lo meramente histórico, mediante los datos que la historiografía nos ofrece del pasado, de lo biográfico, lo anecdótico y aún de los sucesos memorables. Es preciso querer descubrirla en toda su desnudez y, yendo a lo hondo, establecer si sus actos se fundamentan en las doctrinas correctas que deben

regirlos y normarlos. La crítica y el revisionismo son, pues, actitudes normales en su estudio: no para despojarla de cuanto tenga de noble y de grande lo cual es imperecedero; sino para restaurar el orden doctrinario si acaso en alguna área se hubiere resquebrajado. En el cuadro de los valores donde se anotan, jerarquizan y clasifican las grandes contribuciones de muchos siervos de Dios, se registran también sus errores trascendentes que aún perduran denominacionalizados porque sus continuadores históricos, antes que corregirlos, prefieren "ser fieles a sus tradiciones históricas". Inmersos todos en la Historia Eclesiástica, no debemos parcializarla. Debemos ser grandes por un sentido de Historia, no por un sentimentalismo hacia "nuestra historia".

La Iglesia ha hecho siempre su historia, pero más bien puede decirse que la ha sufrido. Si bien "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16:18), sin embargo, desde el principio "está obrando el misterio de iniquidad" (2 Ts. 2. :7). Ha marchado tras sus líderes, a veces por caminos llenos de contingencias y de riesgos. Nadie como ella sufre sus propios errores por lo mismo que son sinceros; nadie como ella necesita conocer la Verdad en materia Bíblica para poder reclamarla sin ambages. Con el conocimiento y aplicación de las normas doctrinarias, la Iglesia ha de retomar su verdadera senda espiritual y victoriosa.

¿ Cómo, ante la realidad de un mundo cambiante que busca conformarse a una unidad ficticia en todas las esferas de sus actividades, los Evangélicos persisten en quedar divididos por "fidelidad a las tradiciones históricas"?

Revisionismo histórico digno de ser imitado es el realizado por quienes condenaron la actitud de Calvino para con los herejes, erigiendo en 1903 un monumento a la memoria de Miguel Servet, el médico español que huyendo de la inquisición católica romana fue víctima en manos de la Inquisición Ginebrina. La inscripción dedicatoria dice así: "Hijos respetuosos y reconocidos de Calvino, nuestro gran reformador, mas condenando un error que era de su siglo, y firmemente dedicados a la libertad de conciencia de acuerdo con los verdaderos principios de la Reforma y del Evangelio, hemos elevado este monumento expiatorio".  

REVISIONISMO DOCTRINAL.

¿Para qué agitar otra vez un problema centenario de dificultades tan insuperables como la conciliación de las discrepancias?

Desde hace mucho tiempo se agotó el temario que constituye el desacuerdo "clásico" y tradicional entre las Denominaciones. Los teólogos confesionales guardaron celosamente la línea doctrinaria de sus respectivos iniciadores y las bibliotecas se llenaron con volúmenes que defendían una u otra postura denominacional, sin solución de conciliación, si acaso existió ese propósito. Cada cual se afirmó en su posición, demandando para sí la verdad de la doctrina o de la historia, aunque se contradijesen sobre el mismo tema.

Lógicamente, en alguna de ellas se refugia el error, pero eso no parece inquietar a ningún dirigente, sea o no denominacionalista, al menos en forma ostensible, que aceptan las discrepancias --si cabe la expresión-- como una institución lícita dentro del Protestantismo, pues se admite que cierta diversidad de doctrina, de culto y de organización, no son incompatibles con la Unidad.

Si la controversia ha concluido, pues los teólogos de las distintas tendencias se expidieron definitivamente y las diferencias subsisten; si se ha aceptado el "status" vigente como algo lógico y normal, se arguye: ¿ para qué agitar otra vez un problema centenario de dificultades tan insuperables como la conciliación de las discrepancias?

En tal concepto debemos distinguir tres elementos: el momento actual, nosotros y la Palabra de Dios.

Seria inútil todo empeño para reducir la magnitud, importancia y trascendencia que tiene, hoy como nunca, consumar nuestra Unidad plena. Razones de todo orden, Bíblicas e históricas, confluyen, en tácito acuerdo, tornando apremiante en grado sumo una definición que ya no podemos dilatar sin grave decepción. Desde Roma y Ginebra las corrientes ecuménicas intentan por caminos tortuosos "la unión de los Cristianos", demandando para sí la necesidad y justicia de ese fin. Crean la confusión en nuestras propias filas y nos exigen una confrontación de fe Cristiana que no nos permite refugiarnos en nuestro individualismo religioso. ¿ Por qué no recoger el reto y consumar nuestra propia y verdadera Unidad plena, solo posible entre renacidos?

En el año 1948, las grandes Denominaciones que comprenden a cientos y miles de Iglesias, obedeciendo los impulsos de sus líderes caídos en la apostasía, constituyeron con sectores de las Iglesias Ortodoxas Orientales, el "Consejo Mundial de Iglesias" y millares de hermanos nuestros fueron engañados con el cántico de sirena de la Unidad. ¿ Cómo olvidar esa experiencia muy reciente en que el grueso del Protestantismo fue arrastrado hacia el ecumenismo?

En "religión" hay quienes mistifican y ocultan la verdad y aún simulan el error, cuando se tienen privilegios que defender o apetitos que puedan satisfacerse merced a la ignorancia o al engaño de los demás. Otro habría sido el suceso si esas millares de Iglesias hubieran estado constituidas conforme a las normas del Nuevo Testamento, para decidir, cada una de por sí su propia suerte, y no estar atadas al arbitrio de sus directores que cuando claudican o apóstatan de la fe arrastran consigo a toda una Denominación. No es posible esperar la protección del Señor si no se está en sus previsiones.

¿ No advierten los teólogos que el pueblo Evangélico que suspira, aún sentimentalmente, por una Unidad que no tiene, viendo el chocar de las doctrinas acaba por no atribuirles sino un valor relativo y para concretar "su ideal de Unidad" llegado el caso (como ocurrió) hasta prescinde de ellas y es desviado hacia la apostasía? Considérese la amonestación Apostólica:


"Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello; pues haciendo esto a ti mismo salvarás y a los que oyeren." (1 Tim. 4:16).


Incomprender, desatender y aún subestimar las lecciones dolorosas de la historia importa incluirnos en el juicio del Señor: "… los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de luz" (Lc. 16:8).

En cuanto a nosotros y la Palabra, afirmamos conclusivamente que cuanto más enfaticemos la insolubilidad del problema, tanto más reconoceremos una indigencia espiritual; pues ni hubo ni puede haber en la historia de los hijos de Dios, un momento o circunstancias tan complejas al punto de exceder las doctrinas o que la Palabra de Dios no nos ofreciera su solución con la preciosa Verdad que encierra. A fuer de sinceros debemos concluir, pues, que teniendo el remedio eficaz para tratar todas nuestras dolencias espirituales, por nuestras carnalidades, no lo hemos aplicado como convenía. En estas condiciones un revisionismo doctrinal que concluya con el estado actual de cosas y que haga provisión para el futuro, hasta el día de Cristo, tiene que ser comprendido como condición normal en la vida del Protestantismo que, esencialmente, no cree que ningún hombre ni ninguna institución sea infalible, sino sólo Dios y la Verdad de Su Palabra. Tal vez los siguientes conceptos clarifiquen nuestro pensamiento: "-¿Quién te certifica la verdad y el valor divino de la Biblia, si la Iglesia no lo hace? Esto es como si alguno preguntase: -¿cómo sabríamos hacer diferencia entre la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo dulce y lo amargo? Porque la Escritura no da menos muestra de sí para ser conocida, que las cosas blancas o negras muestran su color, y las cosas dulces y amargas muestran su sabor." (Calvino, Institución de la Religión Cristiana).

Parafraseando esas expresiones, que nos recuerdan los temibles juicios que se registran en Isaías 5:20: -"Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!", deseamos dirigirnos a nuestros teólogos, profesores eruditos y doctores de la Palabra de todas las Confesiones Evangélicas (si acaso se dignaran leernos), para preguntarles:

a) ¿Quién nos certificará cuál sea la verdad de todo cuanto los maestros no pudieron concordar?

b) Si cada uno dijo "su verdad", ¿cuál ha de ser "La Verdad"?

c) ¿No será posible siempre discernir por la Palabra la luz de las tinieblas?

d) ¿Hasta cuándo se ha de llamar a lo blanco negro y a lo negro blanco? Hay tareas, en la eliminación de las actuales discrepancias, que tienen que ser realizadas en centros de estudio por teólogos, filólogos, eruditos en Historia y especialistas en disciplinas Bíblicas. Ante ellos, a quienes toca esa honrosa distinción, deponemos la carga de nuestros corazones por la Unidad fraterna plena. Nuestra oración será que el Señor les colme de toda gracia y sabiduría y que suscite varones virtuosos que sepan comprender y honrar Su Oración Sumo Sacerdotal: "Que todos sean una cosa" (Juan 17:21).

Este tema toca también a lo vivo una de las grandes preocupaciones de teólogos y ministros bien dotados, que se preguntan si el mal de las desuniones actuales no es el menor entre los concebibles, si se reabriera a un revisionismo, por el peligro que importaría como puerta abierta por la que pudieran introducirse nuevas divisiones, o falsas doctrinas, al amparo de las que se desean corregir. Recurren a la teoría del mal menor y piensan, quizás, que un revisionismo doctrinal seria como llamar al Leviathan a la orilla... (Job 41 :1). Respondemos que, en nuestro caso, se habrían de tomar todas las precauciones para no ser ingenuamente infiltrados y que las comisiones de estudio que se constituyan no sólo deben ser escogidas entre los más celosos conservadores, sino que deben concretar su cometido a tratar los puntos en desarmonía, respetando en absoluto lo que algunos teólogos llaman "Los Fundamentales de la Fe", es decir, las doctrinas que no admiten revisionismo alguno.

ANTIOQUíA Y JERUSALEM. Actos 15:1-31.

El Espíritu Santo determina e ilumina allí, las vías que es necesario transitar para restaurar la Unidad Doctrinal cuando ésta se hubiere quebrantado.

Respetando toda exégesis sana del texto en Actos 15:1-31, subrayamos su valor histórico, pues es el único precedente que se registra en cuanto al tratamiento inter-Iglesias asistidas por los Apóstoles, de una discrepancia doctrinal crucial para el Cristianismo.

Las actividades de un partido de rígida tendencia farisaico-legalista proveniente de Judea turbó a los hermanos (Gentiles) de la Iglesia en Antioquía, pues trataba de esclavizarlos a los ritos Judaicos, falseando el puro Evangelio de la Gracia. Si esos "falsos hermanos" hubieran tenido éxito en sus pretensiones, el Cristianismo se habría convertido en una secta Judía. Fue, pues, la hora decisiva para la universalización del Evangelio.  

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El Método Bíblico.

La Asamblea de Jerusalem, al considerar y resolver la cuestión, establece el Método Bíblico que debe regir en la Iglesia para casos similares en tiempos posteriores. Sus principios rectores, resumidos, son los siguientes:

a) Las Iglesias se buscan en amor fraterno para tratar el problema.

b) Sus conductores espirituales, a quienes el Espíritu Santo dotó con los dones de ciencia y sabiduría, consideran la cuestión a la luz de las Escrituras hasta lograr pleno acuerdo con ellas.

c) Sus conclusiones son participadas a las Iglesias, a las que también se administra el adoctrinamiento respectivo.

En el METODO BIBLICO, concurren tres factores que analizaremos seguidamente.

 

LA FORMULA DE LA UNIDAD (A. V. A.)  

La tan anhelada Unidad Doctrinal, sólo será posible de manifestar plenamente y de conservar, bajo el designio de una Fórmula Bíblica compuesta de tres elementos que deben conjugarse armoniosamente:

· ACCION - VERDAD - AMOR

indisociable en sí, que debe siempre normar nuestra conducta y que con fuerza y belleza se registra en el precioso capitulo que trata de la Unidad Cristiana: ".... SIGUIENDO LA VERDAD EN AMOR..." (Ef. 4:15).

¿ Cómo habíamos de infatuarnos yendo detrás de vanas fórmulas "idealistas" de unidad para el advenimiento del espíritu de armonía y de paz, si ésta tiene el sello de la Autoridad Divina?

Desde "el principio" (o sea el tiempo mensurable, Gn. 1:1; 1 Jn. 1:1) y desde toda eternidad antecedente, la Verdad y el Amor, como Atributos esenciales del Altísimo, han prevalecido y quedarán firmes en la consumación de los siglos sin fin en la manifestación del Dios Trino: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Y así son "las maravillas del Perfecto en sabiduría" (Job 37:16) que desde su celsitud, sublimidad, omnipotencia, alteza y señorío, desciende hasta nuestra bajeza (Sal. 8:3-6) para derramarnos de sus dones inefables, conformándose a la simplicidad de los más humildes. ¿No nos concedió el Señor en Su Gracia la Palabra de fundamento (la Encarnada y la Escrita), y al Espíritu Santo que nos engendró haciéndonos participantes de la naturaleza divina (2 P. 1:4) que es el Espíritu de Verdad que guía a toda verdad (Jn. 16:13) y que a la vez derrama el Amor de Dios en nuestros corazones (Ro. 5:5)?

Pero aún en tal carácter de hijos de Dios, se corre el riesgo de profesar las doctrinas sin poseerlas en plenitud, si nuestras intenciones y sentimientos específicos no están conformes con la Voluntad de Dios. Antes de nada, pues, es necesario descender hasta las profundidades del alma y allí, asegurarnos que lo que en realidad se desea es hacer Su Voluntad (2 Cr. 15:12-15). Si no apuntamos hacia ese objetivo no acertaremos con los medios para articular nuestra finalidad ni con la solución exacta. Esta norma es tan vieja como la humanidad, ya que se remonta al Edén (comparar Gn. 3:17). El Señor la autentica con toda precisión al expresar: -"Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y que acabe su obra" (Jn.4:34). Aún más, en términos amplios, hace depender de el querer cumplir la Voluntad del Padre el conocer Su doctrina (Jn. 7:17; Ef. 5:17)

Particularizando, pues, con la Unidad: si no se está en esa actitud espiritual definida, no habrá un reconocimiento pleno de la doctrina y no será posible penetrar en las raíces de su desenvolvimiento. Los móviles extraños que interfieren, harán que las pruebas doctrinales divinas se estrellen contra la inteligencia oscurecida o el corazón endurecido. En cuanto a los intentos ecuménicos, tergiversaciones de la Voluntad de Dios, no tienen el presupuesto moral de la doctrina Bíblica que los abone y se pierden en el follaje de la utopía.

 El que, al contrario, tiene esa disposición santa, hace que Dios obre en él "así el querer como el hacer" (Fil. 2:13; Sal. 91:14-16) y ciertamente se le hará audible la voz divina de la Verdad y del Amor, pues ambas expresiones viven juntas, no aisladas, están íntimamente ligadas, y cuando Dios actúa lo hace plenamente. "En las cosas humanas hay que conocer para amar; en las divinas, hay que amar para conocer" (Pascal). "¡ Cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación." (Sal. 119:97)  

Dijimos que en la fórmula: "SIGUIENDO LA VERDAD EN AMOR" hay tres elementos:  

a) La ACCIÓN volitiva (implícita en el verbo "Siguiendo") incesante, persistente y sistemática, en la que el sujeto, incluido su yo, sus sentimientos y consagración plena y conciente, sumiso a su Señor, anhela adquirir la Verdad (Pr. 23:23). Daniel, el "varón de deseos" que afligía su alma por ella en la presencia de Dios, fue ricamente bendecido (Dn. 7:19; 9:23 y 10:11, 12)

b) La VERDAD, encarnada por Jesucristo (Jn. 14:6) y que como sinónimo de "la Palabra de Dios" (Jn. 17:17) determina a la Biblia, divinamente inspirada, inerrable e infalible, como fundamento y única base sobre la cual debe edificarse la Unidad.

c) El AMOR con que debemos amarnos (Jn. 13:34; 1 Jn. 3:11). Compañero tácito e inseparable de la Verdad (2 Ts. 2:10) en su espíritu debe ser ésta preservada y mantenida (Ef. 4:15). La caridad "es el vínculo de la perfección" (Col. 3:14) que lo viste, envuelve y penetra todo con sus virtudes esenciales.

Se dirá, tal vez, --es una frase, nada más que una frase, y que los términos y los conceptos en función de armonía y conciliación no se definen por mera lógica semántica, sino que adquieren su significación trabajando espiritualmente con la realidad, de modo de ir precisando si en verdad son una contribución en pro de esos fines loables. Sí, así es, las figuras de lenguaje que no corresponden a una realidad, a menudo nos engañan y tienden más bien a mantener una ficción. Pero en nuestro caso, haciendo mérito del origen divino de la frase, afirmamos que si entre quienes discrepan por cualesquiera circunstancias se hace carne individual y colectivamente esta trilogía (la Acción volitiva que busca la Verdad en Amor), se han identificado en la vivencia del MÉTODO BÍBLICO para hallar la concordia y armonía de las doctrinas, de las prácticas y aún de los más insignificantes detalles de la vida Cristiana. No en la expresión de un idealismo verbal, platónico, incorpóreo e intrascendente, sino en el cabal sentido que se da a la teoría vinculada, no separada de la práctica. En la realidad de su hacerse como tarea y en la proyección de sus elementos constitutivos hacia las cuestiones que deben dilucidarse, para encauzarlas y resolverlas en un proceso concreto y singular que repele por antonomasia toda pretendida "unidad" que preserve discrepancias.

Intentaremos, en un caso, ilustrar la practicabilidad y la elaboración intencional de la Unidad, Supongamos a dos ministros con criterios distintos en cuanto a la forma de bautismo: el uno inmersionista, el otro aspersionista, ambos firmes e intransigentes en sus convicciones. Los dos saben de la insuficiencia de las razones con las que hasta ahora no pudieron persuadirse y lógicamente, no ignoran que una de las posiciones no es la correcta, bíblicamente considerada. Finalmente dejaron la cuestión y cada cual creyendo de buena fe "estar en la verdad", practica, enseña y administra la ordenanza según su entender.

Pero ahora debe ser distinto, pues se abordaría el desacuerdo en forma y con fines muy diferentes de los que corrientemente han inspirado esta labor. Ambos no tienen unidad en la materia que constituye el problema, pero tienen Unidad en la Metodología para resolverlo.  

El METODO demanda que se pongan en ejercicio, juntas, las virtudes de Verdad y Amor que le son inherentes; y no se puede repetir la fórmula y negarla en los hechos. La pedagogía Bíblica, eminentemente didáctica-experimental, no se desarrolla en los principios abstractos ni en la soledad personal, sino en la acción concreta y conciente. Deben, pues, condicionar sus vidas de acuerdo con esas exigencias espirituales.

Emancipándose de sus prejuicios, intransigencias, aún del propio medio y de todo cuanto pueda contribuir a crear la confusión conceptual, se dará así nuevo rumbo a los sentimientos y a la voluntad, conforme al dechado Apostólico (Fil. 3:13, 14).

En actitud digna se aproximarán a las Escrituras, no como polemicistas para defender sus propios puntos de vista, ni para reprocharse mutuamente lo que creen ser inconsistencias, sino con la intención en sus corazones de procurar la Verdad Bíblica por la Verdad misma, que no es patrimonio de ninguna confesión sino de la Iglesia toda (1 Tim. 3:15). Han de permitir que los materiales Bíblicos e históricos muestren toda la verdad que encierran sobre el tema, sin violencias, sofismas, tergiversaciones ni contradicciones.

El Amor fraterno consustanciado con la Verdad (2 Ts. 2:10), mantendrá a esos dos ministros consecuentemente juntos y no permitirá en ningún momento que se separen con "dos verdades". En este punto, tal vez ayude a clarificar el pensamiento la atinada observación de un ministro que nos preguntó: --¿Estarían Uds., dispuestos a cambiar su forma de bautismo? Deseaba significar cuán difícil -- sino imposible -- es aceptar la posibilidad de que sea rectificable, aquello de lo cual se tiene la certeza de que es lo verdadero. Le contestamos que sí, si las pruebas Bíblicas nos mostraran que estamos equivocados. La Verdad no puede temer ser contrastada ni ser "rectificada" por el error y sin presunción ni orgullo, debemos militar sin temor las convicciones que amamos. Cuando no se tienen convicciones profundamente arraigadas, o no se aman, sobrevienen las dudas y temores. "El perfecto amor echa fuera el temor" (1 Jn. 4:18). Sin embargo, aún en la firme persuasión de estar en la verdad desde antes del diálogo y confirmado esto durante su desarrollo, el Amor debe librar y ganar la batalla. ¿ No nos ordenó el Señor amarnos como El nos amó? (Jn. 13:34). Una instancia del alma por el hermano en error, debe suplicar cual Eliseo profeta: "Ruégote oh Jehová, que abras sus ojos para que vea" (2 R. 6:17). "Porque contigo está el manantial de la vida: En tu luz veremos la luz. (Sal. 36:9).  

¿ Quién osaría pensar que cuando se buscan las verdades así por la misma regla no ha de lograrse la Unidad, la unanimidad de pensar y sentir la misma cosa? (Fil. 3:16). ¿O ha de ser inoperante el Espíritu de Gracia y de Verdad en los corazones de quienes así buscan la Verdad?

No se trata de un intento en base a las premisas, intenciones y maneras humanas, que habitualmente concluyen en frustraciones. El éxito, en su significación genuina, jamás puede desvincularse del método que se emplea para obtenerlo y éste es el MÉTODO BÍBLICO: el de la ACCIÓN con las concomitancias de la VERDAD y del AMOR. ¿ Será presunción, acaso, afirmar que los resultados pueden ser maravillosos si se cumplen sus exigencias?


 

Pero si tenemos en común los mismos términos de fundamento: El Señor, el Espiritu y la Palabra; ¿ cómo explicar, a la luz del cánon, el hecho de que se profesen "verdades distintas" sobre un mismo tema y que todos afirmen estar "Siguiendo la Verdad en Amor"?

Evidentemente el cánon ha sido mutilado y no actúa y de ser honestos para con el Señor y con nuestras propias conciencias, hemos de admitir innegablemente, en un examen y autocrítica, que pecamos contra la Verdad y el Amor, como vínculos de la comunión fraterna, al mantener vivo y latente el desacuerdo doctrinario, sin dar lugar a la Acción rectificadora y por lo mismo conciliatoria.

Se defrauda a la misma Verdad que se profesa, si aún los más celosos y firmes en su posición no la militan más que en sus propias filas, o no la confrontan con sus antagónicas ni procuran vindicarla de los "errores" que la atacan o perturban. El "status" de la aquiescencia, importa convalidar lo que se cree que es error

Se defrauda simultáneamente al Amor Fraterno, por la actitud de indiferencia y desinterés hacia el hermano, supuestamente engañado en su posición, a quien, así, se le priva de compartir los bienes espirituales que uno cree poseer. (Considerar por analogía, 1 Jn. 3:17).

¡Cuán diferentemente obraban nuestros hermanos de las Iglesias del período Apostólico, en que el Cristianismo alcanzó su mayor pureza! (Hch. 18:24-26; Gal. 2:11).

Las carnalidades echan su sombra sobre el "Cuerpo de Cristo"; sobre la Verdad de la Fe se proyectan los errores y sobre el Amor, los desamores; extraño todo a su verdadera esencia y naturaleza.

"Levántate, Aquilón, y ven..." (Cnt. 4:16). Que sople un "viento recio" del Espíritu para disipar esas sombras. Que la imagen de esta realidad que nos envuelve a todos por igual, pues nadie que sea del "Cuerpo" queda eximido, pueda turbarnos salutíferamente hasta sacudir la apatía, despertando a las almas a un acto de contrición y arrepentimiento. Que cese, en fin, la "excusa" amorosa que nos hace evitarnos en las desarmonías y nos decidamos en pleno Amor Cristiano a encararlas con toda franqueza, conforme al Método Bíblico, en el auténtico diálogo fraterno, para establecer incólume la Verdad en Amor. Esa será la vía de más alto nivel espiritual, de más sublime significación que puede enriquecernos abundantemente a todos.  

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6.¿Cómo, pues, conducirnos para alcanzar esos objetivos santos?



Es en esa demanda y como la suma de cuanto expresamos, que ofrecemos las siguientes conclusiones:  

a) La Acción, en todo cuanto depende de la condición humana de los individuos, no debe ser interferida por las carnalidades propias del yo. El sujeto ha de permitir que el Espíritu tenga plena libertad por su instrumentalidad.

- "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto. Y no os conforméis a este siglo; mas reformáos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta." (Rom. 12:1, 2)  

b) La Acción ha de cobrar sentido, salud y robustez espiritual, sólo si se desarrolla en la interrelación de la Verdad y el Amor.

- "La misericordia y la verdad se encontraron: la justicia y la paz se besaron." (Sal. 85,10).

c)La Verdad nunca debe ser sacrificada al Amor; pero una Acción aún con la base de la Verdad, pero sin el espíritu y los modos del Amor, sería una frustración, pues llevaría consigo amarguras e intolerancias, antítesis de los frutos del Espíritu Santo. Sería cual gigante ciego, alud de sentimientos y actitudes violentas que no concluiría en ningún fin bueno.

- "La dulzura de labios aumentará la doctrina." (Prov. 16:21 b).

- "El corazón del sabio hace prudente su boca; y con sus labios aumentará la doctrina. Panal de miel son los dichos suaves: suavidad al alma y medicina a los huesos." (Prov. 16:23, 24).

d) La Acción que presume de Amor, pero sin el fundamento de la Verdad, es engañosa condescendencia; proviene de un "seudo amor" y abre la puerta a todas las perversiones doctrinarias. Es cual espíritu claudicante que ¿ a cuáles abatimientos y deserciones no descendería?

- "Envía tu luz y tu verdad..." (Sal. 43: 3 a)

- "La caridad... no se huelga de la injusticia mas se huelga de la verdad." (1 Cor. 13 :6).

e) Si en la Acción se disocia la fórmula, caerá el diálogo y lamentaremos una frustración más. Por ese motivo, nuestra propia historia individual y la historia de la Iglesia registran períodos de inquietudes espirituales, de convulsiones, de turbulencias morales, de cataclismos en sus direcciones fundamentales.

- "Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, mostrad en vuestra fe virtud, y en la virtud ciencia, y en la ciencia templanza, y en la templanza paciencia, y en la paciencia temor de Dios; y en el temor de Dios, amor fraternal, y en el amor fraternal caridad. Porque si en vosotros hay estas cosas, y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni estériles en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. "Mas el que no tiene estas cosas, es ciego, y tiene la vista muy corta, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados." (2 P. 1 :5 a 9).

Conscientes de que la fórmula "SIGUIENDO LA VERDAD EN AMOR", sería en todo momento de profundo beneficio espiritual para todos, desearíamos hacerla impresiva, breve, dinámica, fácil de retener y repetir. Diríamos entonces que:  

ACCION, VERDAD, AMOR, ES IGUAL A UNIDAD. Es decir: igual a la armonía de nuestras vidas con el Señor, con Su Palabra y con nuestros hermanos.

CODIFICANDO LA FORMULA, esto es, sustituyendo los términos por sus iniciales, tendríamos la siguiente igualdad:


A. V. A. = UNIDAD



No deseamos difundir ni declamar metáforas rutilantes ni excitantes, sin sentido ni contenido Evangélico. Ni procuramos acuñar un "slogan" metafísico que sustituya el ser y quehacer humanos. Se trata de un axioma Divino que debe nutrir como vivencia nuestras jornadas, presidiendo la Acción con sus virtudes de Verdad y Amor, en tanto peregrinamos en este valle de sombras en marcha hacia la Sión Celestial. ¡Plegue a Dios prosperarla en los corazones de sus hijos, para el bien de Su Santa Causa!  



CONCLUSION (Sugerencias Prácticas)

Finalmente, deseamos dirigirnos a todos nuestros hermanos que se sienten impelidos a hacer algo para la Unidad y que tal vez se pregunten cómo realizarlo desde el lugar que ocupan en sus respectivas Iglesias.

Nada es despreciable y hay mucho que hacer desde todos los ámbitos y aún desde los puestos más humildes. Todos debemos colaborar para crear el clima espiritual precursor de los grandes avivamientos que registra la Historia. Es necesario conversar del tema y considerarlo con los pastores e instructores, para una toma de conciencia plena y cabal; a fin de que una voz concordada, una presión espiritual irresistible pueda conmover las Virtudes del Cielo.

En particular las Iglesias independientes deben militar sus propios Métodos Novotestamentarios por todos los medios posibles, recordando que también es trasgresor quien puede hacer lo bueno y no lo hace (Stg. 4:17) y que la lámpara encendida se coloca en lugar visible para que alumbre (Mt. 5:15, 16). Les sugerimos presentar este asunto como motivo de constante oración en las reuniones habituales y designar comisiones de dos o más ministros para que se ocupen específicamente de esto. Que contacten con los oficiales de otras Iglesias para promover interacciones en la zona y en áreas más amplias cuando el testimonio trascienda con más volumen e intensidad. Que contacten con los hermanos del Testimonio "PHILADELPHIA" (Amor Fraternal), sea en los Estados Unidos de América con sus voceros destacados y en Argentina y Uruguay con las Iglesias que lo han proclamado y sustentan.

¡La tarea es grande; pero, especialmente a los jóvenes, no podríamos ofrecerles un programa minúsculo de acción! La jornada no será fácil:

 

"MAS LOS QUE ESPERAN A JEHOVA TENDRÁN

NUEVAS FUERZAS; LEVANTARÁN LAS ALAS

COMO ÁGUILAS; CORRERÁN, Y NO SE CANSARÁN;

CAMINARÁN, Y NO SE FATIGARÁN." (Is. 40:31).

 

 

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